Cuando una abuela se va.
Mi alma habita entre dos mundos con un océano en el centro.
Cuando el resplandor de la tarde gris entra por mi ventana, cuando los pájaros cantan fuerte en la copa de los árboles y los niños corren por mi barrio, en este mismo instante cuando tecleo esto, a siete mil doscientos kilómetros también yace el cuerpo de mi abuela muerta.
Desde ayer la vida se volvió un reflejo.
Mi alma habita entre dos mundos con un océano en el centro.
Cada movimiento que doy, cada respiro que me permito, se da sabiendo en que en ese instante, en el origen, mi primer hogar Caribe, todo se mueve de nuevo alrededor de la muerte.
Tomo mi café mientras en aquella sala fúnebre alguien toma el suyo recordando la forma tan dulce en la que Ana solía atenderlo. Tomo agua pensando en que mi madre se ahoga en llanto con el único sorbo que aceptó en la última hora. Miro las flores de la cuadra sabiendo que la corona de margaritas blancas que le envié reposa ahora al pie de su ataúd. Pasa todo y nada a la vez.


A veces creo que puedo trasladarme con solo cerrar los ojos y que no es una visión, ni un ensueño. Que mi tristeza es tan grande y poderosa que realmente puedo viajar y desafiar el espacio y tiempo para verla de nuevo.
Cuando era una niña, recuerdo siempre tener la misma pesadilla. Me aferraba a su espalda que olía a dulce de coco y llanto. Caía en un sueño profundo y veía una vida magnífica, llena de gente, de sueños, me veía adulta, madura, lejos de casa y de repente, alguien me susurraba al oído la fatal noticia: “mamá ha muerto” y ahí despertaba. Me levantaba gritando y abrazándola. Ella se giraba riendo traviesa y me miraba con sus ojos de cigarra.
“Bueno mamita, algún día me voy a morir” y yo me enfurecía. Le decía que jamás podría hacerlo, que si ella se moría yo me iría con ella. Le pedía entre lágrimas que me prometiera que nunca me dejaría. Abrazándome lo prometía una y otra vez, casi como un arrullo, solo si yo le prometía dejar de llorar para poder volver a dormir. Me mecía y yo por fin cerraba los ojos en sus brazos tibios.
Ninguna de las dos cumplió sus promesas.
Ella se ha ido y yo sigo llorando como una niña.
Mi abuela y yo tejimos nuestro amor alrededor de la muerte. El ritual de las despedidas fue algo que formó parte de la vida de ambas. Las flores, los rezos, los suspiros al cielo, la infinita imaginación, las visitas etéreas, Dios, la nada, la esperanza, la rabia, la calma. Buscar objetos y volverlos reliquias para ofrendar al que se fue y guardar en él algo que se trata más de la vida que de su muerte.
Hablar tanto hasta que de alguna forma vuelva a existir. Quedarnos dormidas en la tarde del domingo con el sonido del árbol de fuego agitándose al viento, mientras nos susurraban voces de otro mundo.
La muerte siempre es impredecible, pero se me ha vuelto antesala en letras.
El último mes he tenido muchos sueños. Ella ha venido en todas las formas murmurándome cosas en la oscuridad de la noche. Me despierto medio dormida y tomo mi diario, lo escribo intuitiva, con la mente en otro plano por eso, al despertar lo olvido. Ayer al abrir mi diario para escribir el hito de mi vida, volví a encontrarme con las pistas nocturnas y por fin supe que eran migajas que formaban el camino que mi abuela había dejado para mí. Para saber que siempre estuvo aquí, diciéndome que estaba lista y yo también.
Hoy, a las siete de la noche de Madrid, cuando falten veintiséis minutos para que el sol caiga, el cuerpo de mi abuela entrará frío en aquella caja marrón que guarda lo mejor de mí. Estará en el mismo pedazo de tierra donde tanto anheló estar toda su vida, junto a su hija muerta.
Mami, las pesadillas se cumplen, pero los sueños también.
Ella regresa y yo me voy. Miro atrás con un hueco en el pecho y su voz en lo más profundo de mi ser, donde se guarda la ternura, el perdón, sus quesillos, las arepas, los besos dulces, la cuchara repleta de la mezcla de paledonias, las canciones, las máquina Singer, el aceite Mennen, las flores del domingo, la montaña de los indios, los besos de la mañana, tu mirada de niña, tus suplicas porque siempre volviera a casa.
Metí todo ahí y cerré bajo llave para que solo puedan abrirse cuando tú vuelvas por mí y viajemos juntas a la tierra celestial.



